miércoles, 9 de febrero de 2011

EL INTRUSO QUE REGALA ROSAS

Subir al autobús con la cesta llena de tabletas de chocolate y de rosas,dispuesto a interrumpir el mutismo de los viajeros y darle a cada viajero algo,según nuestro parecer,una flor o un pedazo de choco;es no un acto solidario o elegante.Es,sobre todo,una mezcla de desfachatez y soberana inocencia.                                                         Cada ser que viaja es un mundo complejo,que se dirige a un lugar específico,una batalla que se desenvuelve más allá de nosotros;muchas metas que sobrepasan la plenitud de cualquier análisis.Y nosotros simplemente intrusos. Sin conocer los gustos ni los conflictos que van y vienen cada día,nos subimos con nuestros regalos,creyéndonos que podemos ir por el mundo como Cristo y sus panes y peces;singular idea que tampoco tuvo en cuenta si el verdadero deseo de los humanos es que alguien les de algo o los dejen buscárselo solos;viajando por los tiempos,sin que los molesten o los cierren;libres pero absortos,cada uno en su mundana cápsula,aunque sin rosas ni golosinas,pero dueños de su tiempo y espacio,en multitudes de autobuses donde nadie interrumpa el viaje interminable,ese andar hacia destinos improbables,pero ansiados,en todas y cada una de las conjeturas posibles.                                                                                   Como en el rio de Heráclito,nadie se baña dos veces en las mismas aguas,pues la pasión está en lo incierto,en lo que sabemos que no sabemos todavía,en la aventura del viaje interminable,en los desaciertos del fin y de las metas,en la desmesura del asombro que es la vida

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