jueves, 6 de octubre de 2016

Una ciudad extraña

La tarde en que Dios rasuraba a los perros y amaestraba sacerdotes tu cara no me parecía tan singular. Los soldados pasaban frente a la celda y se burlaban de nosotros,mientras mi amigo y yo cantábamos un tango medio deshecho por la memoria,que atribuimos a Gardel. Era una detención estúpida por exceso de ron,pero tenia connotaciones políticas,en jóvenes acostumbrados a rajar de los símbolos del poder,en cualquier esquina. A él lo sacaron del calabozo y lo llevaron a un patio;lo rodearon media docena de guardias y le gritaban,él no respondía a las provocaciones y la ira de ellos se tornaba insoportable;comenzaron a darle rondas de golpes,cada vez más fuertes  y cuando se caía lo levantaban y le daban de nuevo;una y otra vez,como saciando rabias antiguas. Cuando ya era un despojo de circo,lo devolvieron a la celda.    Poco a poco, entre quejidos y agotado al extremo se fue quedando dormido. Al amanecer nos liberaron,con una advertencia por no llevar documentos. Dios seguía rasurando perros y amaestrando sacerdotes y hacía un sol que rajaba las piedras.